La lectura de este libro de Mauriel Barbery ha sido toda una experiencia en todos los sentidos y me ha hecho pensar en diversas cuestiones:
La primera, la poca afición de mis alumnos más pequeños a la lectura. Confieso que soy una lectora compulsiva -aunque no siempre de literatura que podríamos calificar de excelente o clásica, incluso puede que alguien se echara las manos a la cabeza- y por esta razón nunca llego a comprender por qué a mis alumnos no les gusta leer (consideran que es algo aburrido).
¿Leer es aburrido? En mi opinión parece depender del lector y del libro. (Aún recuerdo con horror algunas obras que me costó Dios y ayuda leer en mi época de bachiller, ¿por qué? Porque quizá era obligatorio; porque, a lo mejor, no supieron hacérmelas atractivas, … Lo que a mí me puede parecer apasionante, a otro le parecerá una obra inefable o, simplemente, indiferente.
Segundo, me ha dado qué pensar sobre lo misterioso de lectura y lo personal que puede llegar a ser. La cuestión es que sobre este libro que he leído he visto muchos comentarios, unos buenos y otros, malos. Por mi parte, sólo puedo decir que me ha parecido fantástico, he disfrutado mucho con la lectura e, incluso, me he emocionado. La temática es singular, la forma de plantearla también, la llamada a crear relaciones sociales basadas en el afecto y el conocimiento del otro, así como la invitación que hace a vivir disfrutando de las cosas bellas creadas por el arte (películas, libros, obras pictóricas,…) es, sin duda, un punto de vista muy diferente al que se tiene en la actualidad.
En definitiva, que es una lectura muy interesante y recomendable, al menos desde mi punto de vista. Iba a comentar más cosas, pero es un libro que es mejor no destripar demasiado. Sin embargo, comentaré que hay un capítulo dedicado a la importancia de conocer la gramática y algunos apuntes sobre la importancia de escribir bien.
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